Observando los matorrales a su izquierda, llegó a un claro que parecía indicar que había un sendero de bajada, un atajo quizás, al norte, a través de la superficie de la montaña. Dejó el sendero y se abrió camino partiendo la seca y rojiza maleza. Gordon creía recordar el sitio perfecto para una emboscada, una subida en zigzag que pasaba bajo una alta herradura de piedra. Si un francotirador hallaba un lugar un poco más arriba del saliente rocoso tendría a tiro a cualquiera que caminase por la horquilla.

«Si pudiera llegar allí antes que ellos…»

Tenía la posibilidad de cogerlos por sorpresa y obligarlos a negociar. Esa era la ventaja de ser alguien sin nada que perder. Cualquier bandido cuerdo preferiría vivir y robar otro día. Tenía que creer que le cederían las botas, la chaqueta y un poco de comida, ante el riesgo de perder a uno o dos de su banda.

Gordon esperaba no tener que matar a nadie.

«¡Oh, sé realista, por favor!» Su peor enemigo, en las próximas horas, podían ser sus arcaicos escrúpulos. «Sólo por esta vez, sé implacable.»

Las voces del sendero se apagaron cuando atajó por la vertiente de la montaña. Varias veces hubo de desviarse por abruptas gargantas o por zonas de horribles zarzas. Gordon se concentró en encontrar el camino más directo hacia el rocoso lugar de emboscada.

«¿Me he alejado lo suficiente?»

Prosiguió con gesto preocupado. Según su vago recuerdo, la subida en zigzag comenzaba tras una larga curva hacia el norte a lo largo de la cara este de la montaña.

Un angosto sendero de animales le permitió avanzar con rapidez entre las ramas de pinos, deteniéndose con frecuencia para consultar la brújula. Se halló ante un dilema. Para tener una oportunidad de atrapar a sus adversarios tenía que estar más arriba que ellos. Pero si se mantenía a demasiada altura, podía dejar atrás su objetivo sin darse cuenta.



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