Si el atajo está allí…

El sendero serpenteaba gradualmente cuesta abajo hacia el nordeste, en la dirección de las sombras crecientes, hacia los desiertos del este de Oregón e Idaho. Gordon debía de haber pasado por debajo de los centinelas de los ladrones el día anterior o aquella misma mañana, y se habían tomado su tiempo siguiéndolo hasta que levantó el campamento. Su guarida tenía que estar en algún lugar próximo al camino.

Pese a su cojera, Gordon fue capaz de avanzar en silencio y con rapidez, la única ventaja que tenían los mocasines sobre las botas. Pronto oyó leves ruidos más abajo y al frente.

Los malhechores. Reían y bromeaban. Resultaba doloroso oírlos.

En realidad, no tenía demasiada importancia que se estuvieran riendo de él. La insensible crueldad ahora formaba parte de la vida, y aunque Gordon no podía aceptarla, al menos reconocía que él era un residuo del Siglo Veinte situado en el salvaje mundo actual.

Pero los ruidos le recordaron otras risas, las rudas bromas de hombres con quienes compartió el peligro.

«Drew Simms, un estudiante de medicina de cara pecosa y gesto expresivo, con una increíble habilidad para el ajedrez y el póquer. Los holnistas lo cogieron cuando invadieron Wayne y quemaron los silos…

»Tiny Kielre me salvó la vida dos veces, y todo lo que deseaba cuando estaba en su lecho de muerte, atormentado por las Paperas de la Guerra, era que le leyese historias…»

Luego estaba el teniente Van, el jefe medio vietnamita de su pelotón. Gordon no supo hasta que fue demasiado tarde que el teniente estaba reduciendo sus propias raciones en beneficio de las de sus hombres. Pidió, al final, ser enterrado envuelto en una bandera americana.

Gordon había estado solo mucho tiempo. Echaba de menos la compañía de estos hombres casi tanto como la amistad de las mujeres.



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