Pero cuanto más se acercaba al enfrentamiento, mejor comprendía que no había deseado llegar a esto. Realmente no quería matar a ninguno de aquellos hombres.

Siempre había sido así, incluso cuando con el pequeño pelotón del teniente Van luchó con la esperanza de mantener una paz y un fragmento de nación que ya habían muerto.

Y después, había escogido una vida de juglar, de actor itinerante y jornalero. En parte para mantenerse en movimiento, buscando una luz, en algún lugar.

Algunas de las comunidades supervivientes de la posguerra eran conocidas por aceptar a extraños como nuevos miembros. Las mujeres eran siempre bien recibidas, por supuesto, pero varias aceptaban a hombres nuevos. E incluso así, con frecuencia había algún impedimento. Un nuevo macho a veces tenía que batirse en duelo por el derecho a sentarse en una mesa comunal, o llevar un cuero cabelludo de un clan rival para probar su valor. Quedan pocos holnistas auténticos en las llanuras y en las Rocosas. No obstante, muchas de las avanzadas de supervivientes que había encontrado exigían rituales en los que Gordon no quería participar.

Y allí estaba ahora, contando las balas; una parte de él confiaba fríamente en que, si las usaba, serían suficientes para todos los bandidos.

Otros matorrales de bayas poco espesos le bloquearon el camino. Su falta de frutos estaba compensada por un exceso de espinas. Esta vez Gordon avanzó bordeándolos, caminando con cuidado en la densa oscuridad.

Su sentido de la orientación, aguzado tras catorce años de deambular, era automático. Se movía sigilosamente, con cautela, sin dejarse atrapar por el creciente remolino de sus propios pensamientos.

Bien mirado, resulta increíble que un hombre como él hubiese vivido tanto. Todos los que había conocido o admirado siendo un muchacho habían muerto, junto con las ilusiones que cualquiera de ellos hubiera tenido. El mundo suave hecho para soñadores como él se rompió cuando tenía dieciocho años. Desde entonces, con el paso del tiempo, había llegado a creer que su persistente optimismo podía atribuirse a una especie de demencia histérica.



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