
Al disminuir la luz las huellas se perdieron en el pedregoso suelo. Pero Gordon sabía adonde iba. El brillante reflejo ya no era visible, pero la quebrada en el margen opuesto del collado de la montaña era una oscura silueta arbolada en forma de V. Escogió un sendero probable y avanzó por él.
La oscuridad aumentaba con rapidez. Una densa, fría y húmeda brisa soplaba desde las brumosas cumbres. Gordon se acercó cojeando al lecho de un arroyuelo seco y se apoyó en el bastón para trepar por una serie de subidas en zigzag. Después, cuando supuso que estaba a unos cuatrocientos metros de su objetivo, el sendero se interrumpió de repente.
Mantuvo en alto los antebrazos para protegerse la cara mientras intentaba avanzar silenciosamente por la seca maleza. Hizo esfuerzos por contener una persistente y amenazadora necesidad de estornudar causada por el polvo en suspensión.
Una gélida niebla nocturna flotaba ladera abajo. Pronto el campo brillaría con la leve luminosidad de la escarcha. Sin embargo, Gordon temblaba menos por el frío que por los nervios. Sabía que se estaba acercando. De una forma u otra estaba a punto de tener un encuentro con la muerte.
En su juventud había leído relatos sobre héroes, históricos y de ficción. Casi todos ellos, llegado el momento de actuar, parecían capaces de apartar de sí sus cargas personales de preocupación, confusión, angustia, al menos durante el tiempo requerido para la acción. Pero la mente de Gordon no parecía funcionar de esa forma. Por el contrario, se llenaba de complicaciones, se convertía en un torbellino de inquietud.
No era que tuviese dudas sobre lo que había que hacer. Según las normas que regían la vida esto era lo correcto. La supervivencia lo exigía. Y de cualquier modo, si iba a ser un hombre muerto, al menos haría que las montañas fueran un poco más seguras para el próximo viajero si se llevaba consigo a unos cuantos bastardos.
