
Alva se incorporó. El dolor de su rostro casi hizo que apartara la vista.
– Sí -dijo-. Y quizá, de alguna forma, que nos ayude a conseguir que vuelva a casa.
– Haré lo que pueda. Desde luego.
– Ah -murmuró ella, y yo aparté la vista.
– ¿A qué tipo de compañías te refieres? -le pregunté a John.
– Se llaman a sí mismos revolucionarios urbanos o algo parecido.
– ¿Cómo?
– El Partido Revolucionario Urbano -dijo Alva. Estaba sentada muy tiesa. Cualquier asomo de debilidad había desaparecido-. También se hacen llamar los Primeros Hombres.
– ¿Y quiénes son?
– Dicen que son luchadores por la libertad, pero lo único que buscan son líos -dijo ella-. Hablan mucho de la iglesia y de los derechos civiles, pero a la hora de la verdad, sólo quieren violencia y venganza.
– Probablemente son comunistas -añadió John.
– Dejó algunos panfletos que hicieron -intervino de nuevo Alva-. Se los traeré.
Desapareció por una puerta situada enfrente de aquélla por la que habíamos entrado John y yo.
– Tienes que hacerlo bien, Easy -me dijo él cuando ella hubo salido.
– ¿Qué quieres decir?
– Brawly tiene que salir sano y salvo de esto.
– ¿Y cómo te voy a prometer eso, si va por ahí con una panda de matones? Tú sabes muy bien que lo mejor es no buscarle siquiera. O consigue superarlo él mismo, o esto acabará con él. Es lo que pasa con todos los chicos negros.
Él sabía que yo tenía razón.
Alva volvió con cuatro o cinco panfletos de impresión barata apretados contra el pecho.
– Aquí están -dijo, sin hacer ademán alguno de tendérmelos.
– ¿Puedo verlos? -le pregunté.
Ella se echó hacia atrás ligeramente. Al final John se los quitó.
– Toma -dijo, tendiéndome los arrugados panfletos.
– ¿Qué quiere que haga, Alva? -le dije, fuerte y claro.
– Quiero que encuentre a Brawly.
– ¿Y nada más? Si está con esa gente, usted o John podrían hacerlo solos.
