
Calló un momento y John fue a sentarse a su lado. Le puso una mano en el hombro y ella se acurrucó en su pecho.
– ¿Está hablando de su hijo? -le pregunté.
– Brawly -dijo ella, afirmando con la cabeza.
– Estaba trabajando conmigo en la obra hasta hace un par de semanas -dijo John.
Alva derramó unas lágrimas silenciosas que rodaron por la camiseta sucia de John, como si ésta fuese de papel encerado.
El dolor de aquella mujer y su hombre compartiéndolo me conmovieron un momento. En aquel instante me vi a mí mismo, febril y ciego, deleitándome con el dolor de aquella buena gente. Pero la visión pasó, y durante largo tiempo olvidé incluso que la había tenido.
– ¿Adónde ha ido?
La dura mirada de Alva era intimidatoria, pero yo no aparté la vista.
– Por eso necesitamos tu ayuda, Easy -dijo John-. Se ha ido y ella teme… bueno, nosotros tememos… que pueda tener problemas.
– ¿Qué edad tiene Brawly? -pregunté.
– Veintitrés, pero es joven para su edad. -La ternura en su voz resultaba rara.
– ¡Veintitrés! Pero ¿qué edad tiene usted?
– Lo tuve con dieciséis años. Aldridge tenía la misma edad que Brawly ahora.
– Perdóneme por preguntarlo, querida, pero no parece en absoluto que tenga treinta y nueve.
A pesar de su perfección dura como una piedra, un asomo de vanidad se abrió paso por una rendija. En los labios de la mujer aleteó una sonrisa que murió enseguida.
– ¿Por qué creen que puede tener problemas? -pregunté-. Quiero decir que con veintitrés años, a lo mejor simplemente se está divirtiendo.
– No, Easy. No es de ese tipo de chicos -dijo John-. Le da muchas vueltas a las cosas. Le iba bien en el instituto, pero se metió en líos y tuvo que dejarlo. Ahora iba con malas compañías, y Alva estaba preocupada.
– Entonces, ¿queréis que lo encuentre?
