– Que no está con ella.

– Perdóneme, señorita Torres, pero usted no sabe dónde está Brawly. Por eso me han llamado.

– Basta, Easy -me advirtió John-. Ya tienes los panfletos. Ya te hemos dicho dónde ha estado últimamente.

– ¿Y si no está ahí? ¿Y si no le encuentro allí? ¿Y si ha ido a ver a su prima y ha tenido algún problema? No podéis pedirme que haga esto y no contarme nada.

Alva volvió a salir de la habitación. Era posible que se hubiese enfadado, pero no me importaba.

– Easy no tienes por qué saberlo todo -me dijo John-. Alva ha pasado una época muy mala, y esto de Brawly le afecta mucho. Sólo han estado juntos los últimos años.

– No puedo ayudaros si me dejáis las manos atadas desde el principio.

– A lo mejor no tenía que haberte llamado, pues. -Era una despedida.

Alva volvió.

– John -dijo-, él tiene razón. Si quiero que me ayude, tendré que darle lo que necesita.

Y mientras lo decía me tendió un trozo de papel roto y una antigua foto de un niño de seis o siete años. El niño llevaba el pelo muy corto. Era robusto y de rasgos duros, y eso hacía que pareciese pensativo a pesar de su sonrisa.

– ¿Qué es esto?

– Una foto de Brawly y el número de teléfono y la dirección de Isolda Moore.

– ¿Isolda Moore es su prima?

La idea le resultaba a Alva tan desagradable que sólo pudo asentir con la cabeza.

– Pensaba que había dicho que vivía en Riverside…

– Se trasladó a Los Ángeles hace unos años. Envió una postal a Brawly con su número de teléfono, pero él nunca la llamó.

– ¿Y esto de la foto?

– ¿Qué le pasa? -preguntó ella.

– Ha dicho que Brawly tiene veintitrés años.

– Es la única foto que tengo. Pero está igual. Ya lo verá.

– Tiene razón, Easy -dijo John-. Brawly tiene exactamente el mismo aspecto hoy en día. Sólo que mayor.

– ¿Sabéis si hay algún lugar al que le guste ir para divertirse? -pregunté.



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