
– A Brawly le gusta comer -dijo John-. Sólo tienes que buscar el sitio donde den más comida. Le gusta bastante Hambones. Está justo en la manzana de al lado de donde están esos matones.
– Encuéntrele y tráigalo, señor Rawlins -dijo Alva-. Ya sé que no he sido muy amable con usted, y que no tiene ningún motivo para querer ayudarme. Siento no haberle tratado bien antes, pero a partir de ahora mi puerta siempre estará abierta para usted.
Aquella puerta abierta significaba más que cualquier dinero que John pudiera ofrecerme. Como diría la gente del campo, valía su peso en oro. Si ella estaba dispuesta a pagar un precio tan alto, me preguntaba cuál podría ser el coste.
5
John y yo no intercambiamos ni diez palabras en el trayecto de vuelta a la obra. Él era un hombre reposado habitualmente, pero aquel silencio resultaba hosco y pesado. Tenía algo más en la cabeza. Pero fuera lo que fuese, no quería compartirlo conmigo.
Cuando ya me iba, le oí gritar órdenes a los antiguos ladrones.
Yo seguía ardiendo de fiebre. Por primera vez se me ocurrió que quizá tenía gripe o algo parecido. Bajé las tres manzanas de la calle de tierra hasta la primera calle asfaltada. Allí aparqué junto a la acera para recuperar el aliento. El aire de febrero era gélido, y el cielo seguía azul todavía. Yo estaba como un niño, tan emocionado que me resultaba difícil concentrarme en algo que no fueran mis propias sensaciones.
Tenía que tranquilizarme. Debía pensar. John me había llamado porque sabía que yo llevaba toda la vida entre gente desesperada. Era capaz de ver muy bien por dónde venían los golpes. Pero no vería nada si no conseguía relajarme.
Encendí un cigarrillo y di una calada. El humo enroscándose en torno al salpicadero del coche trajo consigo la fría resolución de la serpiente cuya figura simulaba.
El panfleto estaba ciclostilado con tinta de imprenta, doblado y grapado a mano.
