
A mitad de mi tercera taza de café recordé de pronto al hombre muerto. Aquel montón de carne y huesos echado en mitad del umbral de la casa de Isolda Moore. Su forma apareció en mi mente y la retuve allí, esperando a ver si se me ocurría algo más.
Pero no sentía nada. Ni preocupación por un semejante que había sido asesinado, ni miedo por mi propia seguridad. Yo no lo había matado, y dudaba de que nadie me hubiera visto, de modo que era como si nunca hubiese estado allí.
La puerta de cristal del local de los revolucionarios urbanos estaba abierta y se veía a gente que se apiñaba en el interior. El sol se había puesto ya, pero todavía no era de noche.
La sala de reuniones desprendía un ligero olor a barniz. Unos tubos fluorescentes desnudos brillaban en el techo. El suelo era de pino, y las paredes de paneles de yeso baratos. Junto a la pared del fondo se encontraba un atril de música de hierro. Las treinta sillas plegables con el asiento de cartón reforzado estaban medio llenas, pero la mayoría de las cuarenta personas o así que estaban en la habitación se encontraban demasiado nerviosas para sentarse.
Los chicos y chicas negros llevaban ropas oscuras, hablaban y escuchaban, se hacían los interesantes y se miraban entre sí. Sus voces podían parecer furiosas a alguien que no conociera el áspero ladrido del alma del negro americano. Aquellos hombres y mujeres estaban más allá del furor, sin embargo. Expresaban su deseo de amor y de venganza y de algo que no existía… que nunca había existido. Por eso estaban allí. Iban a coger las peras de la libertad en un olmo llamado Estados Unidos. Creían en el espíritu de la Constitución, y no en las directrices de la caja registradora.
