Quizá si me hubiese quedado el rato suficiente habría acabado por creerme todo aquello también yo.

– ¿Eres un poli? -me preguntó alguien. Me costó un momento darme cuenta de que me estaba hablando a mí.

Era un jovencito flacucho y renegrido. Llevaba gafas de montura metálica y un jersey negro de cuello alto que no era mucho más ancho por el cuerpo que por las larguísimas mangas.

Casi me reí.

– ¿Cómo?

– He dicho que si eres un poli.

– No. -Miré hacia la habitación, notando que algunas caras se habían vuelto hacia mí.

– No importa -dijo el chico de las gafas.

– ¿El qué no importa?

– No importa si eres poli -explicó-. Nosotros recibimos encantados a los hermanos que han sufrido un lavado de cerebro. Lo que vas a averiguar aquí esta noche es la verdad. Si buscas bombas y armas, estás en el lugar equivocado. Lo que vas a encontrar aquí son las auténticas armas de la revolución: educación y amor. Ésa es la revolución de la mente. -Señaló hacia su propia cabeza en un gesto que me recordó al de un suicida.

No era guapo en absoluto, pero alguna chica seguro que acababa enamorándose de aquellos ojos. Estaba absolutamente seguro y enamorado de sus propias ideas.

– Pero yo no soy poli, hermano. He oído hablar de este sitio en Hambones. Dicen que vosotros habláis mucho y he decidido venir a oíros. -Mi dicción y gramática se fueron acomodando a la forma de hablar que seguramente le gustaba a aquel chaval.

El accedió y me estrechó la mano.

– Pues bienvenido -dijo. Su sonrisa era desigual, pero resplandeciente, como una espada antigua pero muy cuidada-. Mi nombre es Xavier (lo pronunciaba «exevier») Bodan. Soy el presidente del Partido.

Entonces se apartó de mí y fue saludando a sus compañeros mientras se dirigía hacia la parte delantera de la sala. Andaba de forma saltarina, cosa que acentuaba su aspecto juvenil.



33 из 237