
Oía las preguntas, pero no me afectaban en absoluto. Si hubiera pensado que ella me iba a dejar, la habría vuelto a llevar al dormitorio para la cuarta.
– Supongo que hacer el amor te revitaliza, ya sabes. Estas noches he estado muy cansado…
– Has estado triste, Easy. Triste por lo de tu amigo. No me importa que rengas que llorarle.
Aquello era demasiado. Me puse de pie esperando que el aire estuviese más fresco por encima de mi cabeza. En los pocos meses transcurridos desde la muerte de Raymond me había acercado más a Bonnie de lo que jamás había hecho con mujer alguna. Ella conocía mis sueños y los inmuebles que poseía, pero no podía hablarle de mi impotencia… mi incapacidad de salvar la vida del Ratón.
– Ya vale. Estoy bien. Es que estaba un poco confuso cuando me he despertado. Me he despistado un poco, nada más.
Bonnie se puso de pie, me acarició la cara con los dedos y luego meneó la cabeza lentamente y lanzó un suspiro. Era su forma de decir que un tonto es el peor enemigo de sí mismo.
– Estaré fuera tres o cuatro días -me dijo-. Depende de las escalas y del tiempo que haga.
– Ah, sí, vale.
– Ya te dije que tendría que salir durante unos días, de vez en cuando -insistió, dulcemente.
Bonnie y yo no llevábamos mucho tiempo juntos. Ella se había venido a vivir conmigo sólo una semana después de que muriera el Ratón, pero ya me encontraba vacío e insatisfecho cuando ella no estaba.
– Muy bien -le dije-. Pero no olvides dónde está tu hogar.
– Y tú no olvides quién te quiere -replicó.
3
Me fui conduciendo mi nuevo Pontiac usado con todas las ventanillas bajadas y un cigarrillo Chesterfield entre los labios. En alguna parte, en lo más profundo de mi mente, se había encendido una alarma. Era la misma sensación de inquietud que uno tiene después de una pesadilla que no recuerda. La preocupación no tenía rostro, de modo que era más una sospecha que un miedo. Al mismo tiempo, me sentía feliz por estar encaminándome hacia los problemas de otra persona. La sensación de gozo superpuesta a la ansiedad me hizo sonreír. Era una sonrisa que representaba la costumbre de toda una vida de reírse del propio dolor.
