
– ¿Así que es mejor dejar que eche su vida por la borda?
– Tengo que hablar con él, cariño. Tengo que averiguar qué problema tiene. A lo mejor conseguimos sacar algo.
Yo ya no sonreía, pero mis palabras tenían un tono despreocupado.
– No se trata sólo de Jesus. Estás muy raro esta mañana -dijo Bonnie.
– ¿Raro? ¿Cuál fue la última vez que te hice sentir tan bien?
– Nunca me habías hecho sentir como hoy -dijo ella. Sus oscuros ojos estaban muy abiertos y llenos de preocupación. El perfil del rostro de Bonnie Shay contenía toda África. Aquellos ojos veían en mi interior cosas que yo apenas podía imaginar.
– Bueno, entonces, ¿de qué te quejas?
Ella se acercó a mí desde el otro lado de la mesa y entrelazó mis brazos con los suyos.
– ¿Qué te pasa? -La pregunta adquirió más consistencia la segunda vez.
– Nada. Sólo que he decidido volver a la cama y hacerle el amor a mi mujer… eso es todo. -Intenté soltarme, pero ella era demasiado fuerte-. Y sé cómo tratar a mi hijo.
– ¿Qué quería John?
– No lo sé. De verdad. Me ha dicho que necesitaba que le hiciera un favor y que vaya a verle a la obra. Probablemente se trate de un asunto de la construcción. Sé mucho más de eso que John.
– Me dijiste que apenas te había llamado el último año -dijo Bonnie.
Aflojó la presión de los brazos. Aproveché para desligarme.
– ¿Y qué?
– ¿No era eso lo que decías siempre? -me preguntó.
– ¿De qué me hablas?
– Favores. ¿No decías que comerciabas con favores? ¿Que antes de tener un trabajo honrado ayudabas a gente que no podía acudir a las autoridades?
– Pero esto no es nada de eso -dije-. John es un viejo amigo, nada más.
– ¿Y qué es eso de hacerme el amor tres veces esta mañana? ¿Por qué estás ahí sentado sonriendo mientras tu hijo te dice que va a dejar el instituto?
