John hizo un gesto y vi a los dos hombres que estaban al otro lado de la calle. Chapman estaba martilleando una viga cerca del tejado de una casa mientras Mercury empujaba una carretilla llena de escombros. Ambos hombres eran ex ladrones a los que yo había ayudado en mi antigua vida de hacedor de favores. Antes se ganaban la vida haciendo túneles para acceder a las empresas el día anterior al pago, cuando con toda certeza la caja fuerte estaba llena de efectivo.

Era una buena vida, y no eran codiciosos: con un par de trabajitos al año se conformaban. Pero un día decidieron dar un buen golpe y robar la nómina de unos astilleros en Redondo Beach. Aquella caja fuerte tenía demasiado dinero para ser sólo la nómina, y al cabo de una semana, hombres blancos con trajes baratos peinaban Watts preguntando por el paradero de dos ladrones negros especializados en el robo de nóminas.

Cuando se dieron cuenta de su situación, Mercury acudió a mí.

– ¿Cómo habéis podido ser tan estúpidos para meteros con los trabajadores de los muelles? -le pregunté. Chapman estaba tan asustado que ni siquiera quiso salir de casa de su madre.

– ¿Cómo íbamos a saber que eran de la mafia, señor Rawlins?

– Por la forma en que te disparan a la nuca -le dije.

Mercury lanzó un gemido y me dio pena. Aunque hubiese sido un hombre blanco, albergaba pocas esperanzas acerca de su supervivencia.

Cuando llamé al enlace sindical del sindicato de los trabajadores del muelle, se rió de mí. Bueno, hasta que le dije que iba a acercarme por allí con Raymond Alexander, aliasel Ratón. Hasta los criminales de la comunidad blanca habían oído hablar del Ratón.

La noche de la reunión me puse un mono de tela vaquera. La ropa de Mercury y de Chapman era tan vulgar que ni siquiera recuerdo de qué color era. Pero el Ratón llevaba un traje de gabardina de color amarillo claro. Era una buena pieza entonces, como siempre, pero en aquellos tiempos el Ratón no se cuestionaba a sí mismo, ni se preguntaba nada, en absoluto.



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