
– Han cometido un error, Bob -le dijo el Ratón al hombre que se había presentado como señor Robert. Llevaba un abrigo muy largo y sombrero, y estaba de pie junto al Ratón, que ya era bajito de por sí y además estaba sentado.
– Eso no basta… -empezó a protestar el señor Robert con su acento gutural de la costa este.
Antes de que pudiese terminar, el Ratón se puso de pie de un sallo, sacó su pistola del calibre cuarenta y uno de cañón largo, disparó al sombrero de Robert y se lo quitó limpiamente de la cabeza. Los dos hombres que permanecían de pie tras él hicieron ademán de coger sus armas, pero cambiaron de opinión cuando vieron el cañón humeante de la pistola del Ratón.
El señor Robert estaba en el suelo, palpándose en busca de sangre debajo del peluquín.
– Bueno, pues lo que te decía -continuó el Ratón-. Han cometido un error. No sabían que eras tú. No lo sabían. ¿Verdad, chicos?
– ¡No, señor! -gritó Mercury como un soldado raso cuando pasan revista. Era un hombre grueso, con las mejillas tan redondas que su cabeza parecía una pera negra y brillante.
– Ajá -gruñó Chapman, el de piel más pálida, más bajito y más listo de los dos.
– Entonces… -El Ratón sonrió.
El enlace sindical y los tres matones, todos ellos hombres blancos, tenían los ojos clavados en él. Se notaba que tenían ganas de matarle. Cada uno de ellos pensaba que probablemente tenían más armas. Y cada uno de ellos sabía también que el primero en moverse moriría.
Yo me mordía la lengua porque no había esperado una pelea semejante. Me había llevado a Raymond para que hiciera bulto, no para que ejerciera ninguna violencia. ¿Por qué se enfurecían aquellos hombres, si nosotros queríamos devolverles su dinero? Junto con el seguro por la nómina, sacarían unos estupendos beneficios del trato.
