
– Muy bien. No creo que vuelva a molestarlo. Esperemos que haya dejado de soltar gilipolleces -añadió la camarera, lanzando una mirada furibunda hacia la mesa de Gang.
– No se preocupe por mí, tía Yao -repitió Gang desde su mesa mientras ella volvía a meterse en la cocina.
La tía Yao debía de ser la única camarera del restaurante. Llevaba años trabajando allí y conocía bien a los clientes habituales. No tardó en regresar a la mesa de Chen con los fideos y la especialidad del chef, servida en una cazuelita rústica, aún humeante, como si acabara de salir de una cocina rural. Los fideos con ternera parecían recién hechos y muy calientes.
La camarera se sentó en un taburete situado a poca distancia de la mesa de Chen, como si quisiera montar guardia para asegurarse de que Gang lo dejaría comer tranquilo.
Pero Chen no cenaría en paz aquella noche.
Acababa de introducir los palillos en la cazuela de sabroso aroma cuando sonó su móvil. Tal vez otra llamada de Yong, pensó, ya que la amiga de Ling no se daba por vencida tan fácilmente.
– Camarada inspector jefe Chen, soy Huang Keming. Lo llamo desde Pekín.
– Caramba, ministro Huang.
– Tenemos que hablar. ¿Lo llamo en mal momento?
Así era, pero Chen prefirió no decírselo al nuevo ministro de Seguridad Pública. Y, en realidad, Huang no quería oír la respuesta. Chen se levantó y salió apresuradamente del restaurante, tapando el teléfono con las dos manos.
– En absoluto. Dígame, ministro Huang.
– ¿Ha oído hablar de Shang Yunguan, una estrella de cine de los años cincuenta?
– Shang Yunguan… Vi una o dos películas suyas hace mucho tiempo, pero no me impresionaron demasiado. Creo que se suicidó a principios de la Revolución Cultural.
– En efecto, pero en los cincuenta y a comienzos de los sesenta fue muy popular. Cuando el presidente Mao venía a Shanghai solía bailar con ella en las fiestas organizadas por las autoridades municipales.
