»Ya que es la primera vez que viene aquí, me toca invitarlo a mí -dijo Gang, bebiendo un trago largo de cerveza mientras Chen le acercaba su vaso-. Voy a conducirlo por el camino de la verdad.

Chen intentó imaginarse a Gang conduciendo a un poli por ese camino. El antiguo Guardia Rojo se llevó la mano al bolsillo del pantalón y sólo encontró un par de céntimos. Rebuscó de nuevo, pero no tenía más calderilla. Las mismas monedas reposaban sobre la mesa.

– ¡Maldita sea! Esta mañana me he puesto otros pantalones y me he dejado la cartera en casa. Présteme diez yuanes, joven. Se los devolveré mañana.

Era evidente que Gang lo engañaba, pero aquella noche Chen sentía un placer malsano compartiendo mesa con él, así que le dio dos billetes de diez yuanes.

– Tía Yao, una botella de licor del río Yang, un plato de carrilleras de cerdo y una docena de patas de pollo en salsa picante -gritó Gang en dirección a la cocina, agitando la mano como el comandante de los Guardias Rojos que fuera tiempo atrás.

La tía Yao -la camarera de mediana edad- salió de la cocina, tomó nota a Gang y cogió el dinero que éste le ofrecía sin dejar de observarlo detenidamente.

– ¡Granuja asqueroso! ¿Ya vuelves a hacer de las tuyas?

La camarera arrastró a Gang por la fuerza hasta su mesa cogiéndolo por el cuello de la camisa, como haría un halcón con un pollo. La escena provocó una carcajada general en el restaurante, como si fuera una comedia televisiva.

– No le haga caso -dijo la tía Yao volviendo a la mesa de Chen-. Emplea el mismo truco con todos los clientes nuevos y les cuenta la misma historia una y otra vez, hasta que se apiadan de él y le dan dinero para empinar el codo. Y lo que es peor, uno de mis clientes jóvenes se dejó engatusar por Gang y se convirtió en un maldito borracho como él.

– Gracias, tía Yao -respondió Chen-. No se preocupe por mí, sólo quiero comer tranquilo.



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