– Dejen en paz a Mao -interrumpió el secretario del Partido Li sin ocultar su enfado.

Fuera una auténtica vergüenza o no, un chiste a expensas de Mao continuaba siendo un tabú político, pensó Chen mientras cogía el cenicero. Con todo, el chiste ilustraba a la perfección la sociedad actual. Mao se había convertido en una marca muy rentable. «¿Castigo merecido o karma?», se preguntó Chen mientras observaba las volutas de humo que se elevaban en la sala de reuniones, hasta que acabó percatándose de que Li comenzaba a impacientarse a su lado. Tenía que decir algo.

– Base económica y superestructura ideológica…

Chen consiguió recordar un par de términos marxistas que había aprendido en la universidad, pero no siguió hablando. Según Marx, existe una relación de correspondencia entre la superestructura ideológica y la base económica. Lo que definía el actual «socialismo con características chinas» era, sin embargo, la flagrante incongruencia entre ideología y economía. Dado que la economía de mercado era totalmente capitalista -y que se encontraba en la «fase primitiva de acumulación», citando de nuevo a Marx-, ¿qué clase de superestructura comunista o de civilización espiritual cabía esperar?

En todo caso, tendría que pensar en algo rápidamente. Era lo que se esperaba de él: no sólo como «intelectual» licenciado en filología inglesa antes de que el Estado lo destinara al Departamento de Policía, sino también como inspector jefe, además de cuadro emergente del Partido.

– Venga, inspector jefe Chen, usted no es sólo policía, también es un poeta con obra publicada -insistió el comisario Zhang. Zhang era un «revolucionario de la vieja guardia», jubilado desde hacía mucho, que aún asistía a las reuniones del Departamento sobre estudios políticos porque creía que los problemas actuales se debían a la falta de cultura política-. Seguro que tiene mucho que decirnos sobre la necesidad de reconstruir una civilización espiritual.



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