
Loayza negó meneando la cabeza, el imprevisto voseo lo intimidó un poco más.
Pero ya venía el flaco en camino de vuelta.
– Después vamos a hacer un recorrido in situ -alardeó el Profesor-. Esperá que termine con éste. ¿Te tenés que ir ya?
Loayza dijo que no, que hacía el segundo turno en la obra en que trabajaba de albañil. Y que había tiempo.
El flaco volvió de mear con ideas claras, o firmes al menos:
– Es una miseria.
– ¿Qué es una miseria?
– Es poca guita: si nos dan diez por bandera a nosotros…
– Ellos le pasaron quince o veinte al Club de Leones pero cobran trece porque dos se los lleva la corneta, el porcentaje del que les otorga la licitación. Hay que repartir.
– ¿Y la guita cuándo está?
– Contra entrega de las 200, el lunes. Tenemos el tiempo justo. Se va el Papa y esa misma madrugada del miércoles les bajamos las banderitas. Yo calculo que en tres días podemos tenerlas listas.
– ¿Listas?
– Son nuevas pero tienen que parecer flamantes, boludo. Hay que lavarlas y plancharlas. El petiso se coje a la minita de un Lave-rap que se las puede lavar fuera de horario, a la noche. Le tira diez pesos y listo.
– Es un afano también.
– Pará con eso. Son cuatrocientas banderas, de noche. Y hay que plancharlas.
– ¿Y los palitos? Los vamos a tener que pintar. O los lijamos bien.
– Veremos cómo están. La cuestión es que…
– Mucho laburo, lijar.
– Cortala. La cuestión es si te prendés, es fácil. El lunes a la mañana podemos ir a verlo a este Bertucci y le decimos: aquí están las banderas.
– Aquí está la bandera idolatrada, la enseña que Belgrano nos legó, cuando triste, la patria esclavizada, con valor, sus vínculos rompió… ¿Te acordás? ¿En tu época también la cantaban en la escuela?
– Sí. y había un cuento de Jaimito con eso.
– ¿De quién?
– De Jaimito.
– Ah.
