– Ése sí. Fue presidente.

– Gente grande. Alguna vez éste fue un continente que soñaba, que se pensaba grande y unido, amigo. Sin fronteras mentirosas como las que nos han balcanizado para sojuzgarnos. ¿Eh?

Loayza asintió.

– Fíjese usted, su situación precaria, inestable…

Emigrado, como un paria en ésta, que debería ser su tierra y en la que lo hacen sentir extranjero. Mentira… ¿Me entiende?

– Claro -y Loayza, en realidad, se conmovía-. ¿Pero qué me decía de las banderas?

– Que acaso podamos permitirnos pensar en grande, amigo mío. En algo más que la dimensión nacional… -el Profesor se echó para atrás, como para transmitir mejor lo que sentía, con más panorama-. No es por desdeñar su proposición ni la oferta de esta gente de Defensa y Justicia, lejos de mí… Pero desde que usted me lo insinuó la vez pasada he tenido la suerte de recordar, mi amigo, que hay un glorioso equipo del fútbol uruguayo, Bella Vista, en el que jugaba el no menos glorioso capitán José Nasazzi, que tiene y ha tenido siempre justa y exclusivamente estos colores… Y es el único que se le atrevió a la combinación.

– Bella Vista, dice.

– Bella Vista, que creo que está en la B uruguaya. Se podría considerar la posibilidad de que nuestras banderas arrebatadas cruzaran el charco. Es decir: tuvieran su destino glorioso del otro lado del Río de la Plata.

– Usted dice…

– Sí, mi amigo. Ahí, en ese destino no hay contraindicaciones: son los colores, sin aditamentos, y por una cuestión de seguridad, es casi mejor que las reduzcamos allá.

Loayza insinuó apenas una objeción.

– Usted, tranquilo. Por lo que sé, está viviendo en la zona, sobre la ribera norte o por ahí.

– Más o menos.

– Es que hay contacto fluido con gente que hace el río, ida y vuelta.

– ¿Las vienen a buscar? ¿Ya arregló?

El gordo sonrió satisfecho:

– Hay contacto fluido, digo. Las banderas están buenas, ¿las viste?



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