– Seguro -repitió él, perplejo.

Aquella conversación no iba a ninguna parte, evidentemente.

– ¿Hay alguien en casa? -preguntó, señalando el castillo.

– Yo estoy en casa. Rose y yo.

– ¿Rose?

– Mi hija. ¿Es usted…?

– Hamish Douglas. Estoy buscando a Susie Douglas.

– Ah.

Entonces, era el nuevo barón.

Pensaba que se parecería a Rory.

Pero no se parecía a ninguno de los Douglas que ella había conocido. Era más alto, de huesos más largos, mas atlético. Era un Porsche comparado con el Land Rover que había sido Rory, decidió, acercándose y cojeando ligeramente al hacerlo, para estrechar su mano. Aún le dolían un poco las piernas desde el accidente en el que murió su marido y era peor cuando estaba en cuclillas mucho tiempo.

– Susie Douglas soy yo. Hola.

– Hola -sonrió él, estrechando su mano… y mirándosela después.

– Está casi limpia -le espetó ella, indignada-. Además, es sólo tierra. Con unos cuantos gusanos.

– ¿Gusanos?

– Lombrices de tierra, ya sabe. Para su información, esas lombrices son las responsables de que Priscilla haya crecido tanto. Pero voy a meterlas en la caja del abono, no se preocupe. Quiero poner unas losas desde la cocina al invernadero y no me gustaría nada ahogar a un montón de lombricillas bajo kilos de cemento. ¿Quiere que le enseñe el invernadero?

– Esto… sí, claro -contestó Hamish, completamente despistado.

– Será mejor que se lo enseñe, ya que está aquí. Ha heredado usted todo esto y el invernadero es maravilloso. Estaba hecho un asco cuando yo llegué, pero lo he reconstruido. Es casi como las rosaledas que hay en Inglaterra.

– Es usted americana, ¿no?

– Soy la reliquia del castillo. Espere un momento. Tengo que ir a mirar una cosa.



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