
Su marido había sido asesinado. Eso era lo que le habían dicho los abogados. En Nueva York le había parecido una historia demasiado truculenta, irreal; pero de repente, allí, le parecía real. Horriblemente real.
– ¿Qué sabe usted de la familia Douglas? -le preguntó ella, como si hubiera leído sus pensamientos.
– Muy poco -contestó Hamish-. Sé que Angus fue el último barón y que murió sin tener hijos. Su difunto marido, Rory, era su sobrino mayor, pero tanto él como el segundo sobrino, Kenneth, están muertos. Yo soy el sobrino más joven, por lo visto. Pero ni conocí a Angus ni sabía nada del título o del castillo.
– Ya veo. ¿Sabe algo más?
– Que Angus vino a vivir a Australia después de la guerra y que mi padre y el otro hermano, el padre de Rory y Kenneth, se fueron de Escocia poco después.
– El castillo de Escocia quedó completamente destruido por una bomba incendiaria durante la guerra, pero creo que nadie lo lloró demasiado. Los chicos habían crecido en un ambiente venenoso. Angus lo heredó todo y los demás nada, ni un céntimo. Y el testamento era firme, de modo que no podía cambiar la situación. Después del incendio, todos decidieron marcharse de Escocia. Angus me contó que su padre fue el primero en irse. Se marchó a América y no volvió a saber nada de él.
– ¿Y qué hicieron Angus y el otro hermano… David?
– Angus estuvo en las fuerzas aéreas y fue herido al final de la guerra. Mientras se recuperaba en el hospital conoció a Deirdre. Era enfermera y su familia había muerto en el bombardeo de Londres. Cuando salió del hospital, decidieron venirse a Australia. David vino después -explicó Susie-. La relación entre ellos no era fácil y los hijos de David heredaron ese resentimiento.
– ¿Por qué?
