
– En el castillo hay catorce habitaciones.
Hamish vaciló.
– ¿Le importaría que durmiese aquí?
– No sólo no me importaría. Me parecería lo más normal.
– ¿No tiene miedo?
Ella levantó una ceja.
– No.
– ¿Cómo sabe que yo no soy como Kenneth?
Susie Douglas lo miró a los ojos.
– No, no es usted como Kenneth. Estoy segura. La amargura deja una marca en el rostro.
– Pero no es justo heredar…
– Angus y Rory me han dejado todo lo que necesito -lo interrumpió ella-. Nadie me debe nada y me da igual lo justo o lo injusto de la herencia. Yo tengo una profesión y volveré a ejercerla. Matar por dinero…
– Pero si su hija hubiera sido un niño, él lo habría heredado todo -le recordó Hamish-. Es injusto.
– ¿Cree que eso me preocupa?
– No, estoy seguro de que no.
– Muy bien, entonces solucionado. No tiene que preocuparse, no voy a clavarle un cuchillo a medianoche ni a envenenar sus cereales.
– Tostadas, no tomo cereales.
Ella parpadeó. Aquella conversación era absurda.
– ¿No toma cereales? Todos los americanos toman cereales.
– Yo soy diferente -sonrió Hamish.
– Pero es usted un barón.
– Acabo de enterarme.
Susie lo miró de arriba abajo.
– Sí, lo es. Mocasines de ante o no, es usted un barón. Y no sólo un barón sino un lord.
– Ni siquiera sé muy bien qué significa eso.
– Que se quedará aquí, en el castillo, mientras viva. Pero ser un barón requiere una gran responsabilidad.
– ¿Por qué?
– Porque, además de ser poseedor de tierras, es el que sostiene la dignidad del estado… o de la propiedad en este caso. Angus era un barón estupendo. No sé qué clase de barón habría sido Rory. Kenneth lo habría hecho fatal. Pero usted, Hamish Douglas… ¿será usted un buen barón?
– Eso suena como un reto.
