
– Pero…
– Rose y yo dormimos abajo. Ahora tengo que ponerme a cavar en el barro antes de que mi hija se despierte de su siesta -siguió ella, como si no lo hubiese oído-. La cena es a las siete. Nos vemos en la cocina.
Y, sin decir otra palabra, se alejó hacia el jardín con aparente determinación.
Pero Hamish no pensaba dejarse engañar. Había visto un brillo de lágrimas en sus ojos cuando se daba la vuelta.
– Kirsty, está aquí. El nuevo propietario.
Susie había estado llorando. Kirsty podía oírlo en su voz y se le encogió el corazón.
– ¿Es horrible? ¿Es otro Kenneth? Voy para allá ahora mismo.
– No hace falta que vengas.
Al otro lado del hilo se oyó un pequeño sollozo.
– ¿Entonces qué pasa?
– Que va a vender el castillo.
Kirsty sabía que aquello iba a pasar. Era inevitable. Pero había esperado…
Susie se había esforzado tanto. Malherida después del terrible accidente preparado por Kenneth para matar a Rory, Susie había caído en una depresión tan profunda que casi la convertía en una persona impedida. Pero en aquel castillo, con el cariño de Angus, con su afecto por el maravilloso jardín y su amor por Rose, había conseguido volver a la vida. Durante los últimos meses había vuelto a ser la Susie de siempre, alegre, mandona, llena de planes…
La muerte de Angus había sido esperada, un final en paz para una larga y feliz vida, pero Kirsty sabía que su hermana gemela aún no la había aceptado del todo.
Ella era médico y lo había visto antes. Querer y cuidar de alguien hasta el final, viendo cómo se va, pero sin poder aceptar la realidad de que aquel era el final.
– ¿Y qué vas a hacer?
– Me vuelvo a casa. A Estados Unidos. Mañana mismo si es posible.
– No creo que consigas el pasaporte para Rose en un solo día.
– Ya tengo su pasaporte preparado. Sólo tengo que organizar algunas cosas de última hora. ¿Puedo quedarme en tu casa hasta entonces?
