
– Supongo que sí -contestó Kirsty, organizando mentalmente su casa para acomodar a su invitada-. ¿Pero por qué? ¿Cómo es?
– Es guapísimo.
Silencio.
– Ya veo -murmuró su hermana-. ¿Y por qué quieres venir a mi casa? ¿No confías en ti misma?
– No, no es eso.
– ¿No?
– No -contestó Susie-. Es que… no es como Rory y no es como Angus y no soporto que esté ahí. Que sea el dueño de todo. No sabe nada del castillo, ni de la familia. Ni de nada.
– Es normal.
– No es normal. Lleva mocasines de ante.
– Ah, ya.
– No te rías de mí, Kirsty Cameron.
– ¿Cuándo me he reído yo de ti?
– Todo el tiempo. ¿Puedo ir a tu casa?
– No, esta noche no. Tengo que airear la habitación de invitados…
– ¡Kirsty!
– Es que acabo de pintarla y huele a pintura. No creo que te pase nada por dormir en el castillo una noche. ¿O quieres que vaya a hacerte compañía?
– No, no. Él se ha ofrecido a dormir en el pub esta noche, así que supongo que es inofensivo. Le he dicho que podía quedarse.
– ¿Quieres llevarte a Boris?
– Boris no es precisamente un perro guardián.
– Pero siempre ha cuidado muy bien de nosotras -replicó Kirsty, indignada. En fin, Boris era un mestizo juguetón que se acercaba a todo el mundo, pero siempre les había sido muy fiel.
– Sí, es verdad -asintió Susie, riendo-. Es estupendo. Pero estoy bien. Le daré de cenar a lord Hamish Douglas y luego me iré a dormir.
– Me parece muy bien.
– Pero ver cómo vende el castillo… Kirsty, no creo que pudiera soportado.
El castillo era fantástico.
Mientras Susie terminaba de hacer su tarea en el barro, Hamish aprovechó la oportunidad para explorar. Y se quedó helado.
Era una construcción de piedra asombrosa, con una mezcla de grandeza… y un toque kitsch. El viejo lord no había ahorrado un céntimo construyendo un castillo como debía ser construido un castillo para que durase quinientos años o más. Pero en aquel fantástico edificio había muebles que no eran tan grandiosos.
