Contestó a la primera llamada.

– Hamish, estupendo. Ya has llegado. ¿Debo llamarte lord Douglas a partir de ahora?

– Corta el rollo, Marcia.

– Perdona. ¿Qué tal el viaje?

– Bien, gracias.

Hubo un momento de pausa. Ella esperaba que dijese algo más, pero Hamish seguía mirando a Susie por la ventana. Estaba cavando como si le fuera la vida en ello.

– ¿Cómo es? -preguntó Marcia por fin-. Me refiero al castillo.

– Una cura. Tengo a la reina Victoria en el baño.

– ¿Quién?

– La reina Victoria. Pero me he cambiado al que tiene a Enrique VIII.

– ¿De qué estás hablando?

– De retratos. Este castillo está lleno de ellos. La reina Victoria en el baño me molesta.

– Pues quítalo.

Eso sería más sensato. Quitar todos los retratos. Se los enviaría a su tía Molly. En cuanto Susie se fuera.

– ¿Te ha recibido alguien?

– La viuda de Rory Douglas.

– Ah, sí -murmuró Marcia. Hamish la oyó pasar unas páginas hasta que encontró la que buscaba-. Tengo la carta aquí mismo. Fue asesinado por su hermano… por eso has heredado tú. ¿Cómo es?

– Sentimental.

– Una viuda lacrimosa, ya veo. Mi pobre Hamish, qué horror. ¿Va a ser difícil sacarla de allí?

– ¿Qué quieres decir?

– Si ha estado viviendo en el castillo… no será una inquilina de por vida, ¿no?

– No, se ha ofrecido a marcharse esta misma noche.

– Ah, genial.

– Pero no puedo echarla de aquí -dijo Hamish.

– No, bueno, claro. Puede que necesites usar parte del dinero para instalarla en otro sitio. ¿Tiene casa en alguna parte?

– Es americana. Ha dicho que volvía a su casa, de modo que…

– Entonces no es tonta del todo -aprobó Marcia-. ¿Y tú? ¿Cuánto tiempo crees que tardarías en poner el castillo en venta?

– Pintaré el cartel de Se Vende mañana mismo.



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