
Estaba llorando.
Debería dormir en el pub. Con competición de dardos o sin ella.
Eso era una bobada. ¿Ponerse sentimental? ¿Qué clase de barón era?
Él era el propietario del castillo. Era lord Hamish Douglas. Ridículo. Si su madre supiera que estaba pasando también lloraría, pensó, haciendo una mueca.
¡Demasiadas lágrimas!
Durante la primera parte de su vida, las lágrimas fue lo único que conoció. Cuando tenía tres años, su padre se suicidó. Ése era su primer recuerdo. Demasiadas mujeres, demasiadas lágrimas, demasiados sollozos…
Las lágrimas no habían parado. Su madre había estado de luto por la muerte de su padre durante el resto de su vida. Seguía estándolo.
«Lávate las rodillas, Hamish. A tu padre no le gustaría verte con las rodillas sucias. Ay, hijo, no puedo soportar que él no vaya a verte nunca más».
Lágrimas.
«Haz tus deberes, Hamish. Si suspendes…». Lágrimas.
«Tu padre estaría tan orgulloso de ti».
Y los sollozos continuaban. Sin fin. Su madre, sus amigas, sus tías.
Había habido lágrimas durante todos los días de su vida hasta que se marchó de casa, entre lágrimas de recriminación, para vivir su propia vida. Había encontrado un trabajo en Manhattan, lejos de su casa en California. Lejos de las lágrimas.
Odiaba los lloros, las emociones sin control.
Los odiaba. Su trabajo era un oasis de calma para él, donde las emociones terminaban. Marcia era una mujer fría, contenida. Una mujer que no lloraba nunca.
No debería haber ido allí, pensó entonces. Aquello del título era absurdo. No pensaba usarlo nunca. A Marcia le gustaba y si quería ponerlo delante de su nombre en las tarjetas, era cosa suya.
Pero Marcia no lloraría nunca.
Debía llamarla, decidió entonces, sacando el móvil de la maleta. Había dieciséis horas de diferencia. Las cuatro de la tarde allí era medianoche en Nueva York. Marcia estaría en la cama, leyendo algún documento legal con la misma pasión que otros leían novelas de misterio.
