Kirsty sonrió con cierta tristeza. Aquel título, aquella fortuna, habían provocado tantas penas…

– Sí, supongo que sí.

– Cuando llegue, ya no tendré nada que hacer.

– A lo mejor no viene. O a lo mejor quiere que te quedes cuidando del castillo.

– ¿Y mantenerlo para nada? ¿Qué harías tú si hubieras heredado este castillo?

– Convertirlo en hotel -contestó Kirsty. Era la verdad. Angus había construido aquel castillo como una réplica exacta del castillo de Escocia y era como salido de un cuento de hadas. Demasiado grande para una familia-. Pero a mí me parece una casa estupenda.

– Sí, claro. Catorce habitaciones, una sala de banquetes, un salón de baile, un invernadero… y Rose y yo. Aunque Jake y tú vinierais a vivir aquí con los niños, tendríamos tres habitaciones por cabeza. Es absurdo.

– Pero no puedes marcharte -insistió su hermana.

– Yo creo que debo hacerlo.

– Al menos, quédate hasta que llegue el barón. A lo mejor él no quiere vender el castillo. A lo mejor te contrata para que arregles el jardín…

– Las dos sabemos que eso no va a pasar.

– Pero te quedarás hasta que llegue, ¿no? Eso es lo que habría querido Angus.

– Lo echo mucho de menos -suspiró Susie.

– Sí, claro. Yo también.

– Puede que el nuevo barón no quiera cultivar calabazas.

– ¡Eso sería un pecado imperdonable!

– Hemos conseguido la más grande este año.

– ¿Te he contado que la noche antes de que muriese Angus me colé en el huerto de Ben Boyce para medir la suya? Es diminuta en comparación con la nuestra. Angus murió sabiendo que este año ganaría el trofeo.

– Pues ya está -rió Kirsty-. El nuevo barón sólo tiene que recoger el trofeo y seguir donde lo dejó Angus.

– El abogado dice que se dedica a las finanzas. Un financiero americano preocupándose por una calabaza… lo dirás de broma.



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