
– ¿Nick?
– Mi pareja -contestó ella, con exagerada paciencia-. El hombre con el que comparto mi vida. Es carpintero. Antes era asistente social y trabajaba con niños discapacitados, pero el trabajo lo dejaba agotado y deprimido. Le encantaba, pero era muy duro para él. Es casi tan guapo como usted y le hablo de él todo el tiempo. Pero, claro, usted no me escucha nunca.
Hamish parpadeó. Luego miró su reloj, sin saber qué hacer. Pero enseguida dejó los papeles sobre la mesa. Jodie era una secretaria estupenda, aunque poco convencional, y sería más conveniente pasar unos minutos con ella intentando convencerla para que se quedara que contratar a otra y tener que enseñarle…
– No me haga esto -le suplicó Jodie entonces-. Estoy intentando cambiar su vida, no el horario de una reunión.
– ¿Perdona?
– Usted no ve nada más que el trabajo. La gente dice que del amor no sabe nada. Eso explicaría su relación con Marcia, claro, pero yo no quiero meterme en cosas que no me atañen. Lo único que sé es que no ve la vida. Le han dado una oportunidad fantástica y va a tirarla por la ventana.
Hamish se sentó.
– Eso es…
– Una impertinencia, ya lo sé. Pero alguien tenía que decírselo. Nick acaba de conseguir un contrato para reconstruir el coro de una vieja iglesia en Nueva Inglaterra y me voy con él, por eso tengo que dejar el trabajo. Pero antes de irme he decidido intentar salvarle a usted. Pasarse la vida entera ganando dinero es una soberana estupidez, señor Douglas. Tener un castillo y no ir siquiera a verlo es una locura, así que he cancelado todas las reuniones que tenía planificadas para las siguientes tres semanas. A partir del lunes que viene ya no estaré aquí y, si tiene dos dedos de frente, tampoco estará usted.
– No puedo hacer eso.
– Claro que puede… lord Douglas.
