
– Jodie…
– ¿Sí? -sonrió ella, encantada con su papel de Santa Claus-. He reservado un billete de avión desde el aeropuerto Kennedy hasta Sidney. Y habrá un coche esperándolo allí para llevado a Dolphin Bay. He reservado dos asientos, por si quiere llevar a Marcia, pero les he dicho que seguramente cancelaría uno de ellos.
– Marcia no vendrá.
– No, pero usted sí. Lleva en este trabajo casi diez años y nadie recuerda que se haya tomado nunca unas vacaciones. Sí, claro, ha estado en reuniones en Suiza y en la Costa Azul, pero trabajando. Y ya es hora de que viva un poco la vida antes de casarse con Marcia.
– No puedo hacer eso -insistió él, aunque ya no estaba tan convencido.
– Los demás socios saben que se va de vacaciones y saben por qué. Ha heredado un castillo y todos han pedido que traiga fotos. Así que, si decide quedarse, quedará como un memo.
– ¿Perdona?
– Así es como se habla en la calle, señor Douglas. Algo que usted necesita aprender. Si va a pasar de corredor de Bolsa a aristócrata, a lo mejor necesita un poquito de experiencia vital entre una cosa y otra.
– Mira, gusano estúpido, si no sales de ahí te cubriré de cemento.
El pelo de Susie intentaba escapar de la cinta y se le metía en los ojos. Pero al intentar apartarlo se manchó la cara de barro. Genial.
Aquélla era su ocupación favorita, hacer agujeros en el barro. Estaba construyendo un camino desde la cocina hasta el invernadero, pero el suelo se había hundido con las lluvias del último mes y tenía que alisarlo para echar cemento antes de colocar las losas.
Rose dormía plácidamente en el salón, el sol le daba en la cara y Susie se sentía estupendamente bien.
Pero tenía que sacar a aquellos gusanos del barro.
– Voy a llevaros a la caja de abono -les dijo-. El abono es como el cielo para los gusanos. Ah, mira éste qué gordito…
Entonces alguien puso una mano en su hombro.
