Además, estaba el olor; aunque los cadáveres apenas si se habían enfriado, emitían ya un olor dulzón y amargo al mismo tiempo. Mientras permanecía en el interior de las casas, procuraba respirar por la boca. Cuando salió, comenzó a respirar profundamente. Entrar en la siguiente casa era como prepararse para algo casi impracticable.

Cuanto se le presentaba a la vista, un cuerpo tras otro, llevaba el mismo sello de iracundia y el mismo tipo de heridas infligidas con la misma arma afilada. La lista que elaboró más tarde, ese mismo día, se componía de breves notas que describían con exactitud lo que había visto:

Casa número uno: Hombre mayor, muerto, medio desnudo, pijama roto, zapatillas, tendido en la escalera como bajando del primer piso. La cabeza casi seccionada del cuerpo, el pulgar de la mano izquierda, a un metro del cuerpo. Mujer mayor, muerta, en camisón, el estómago rajado de arriba abajo, una parte de la membrana del intestino está suelta y cuelga por fuera, la dentadura postiza destrozada.

Casa número dos: Hombre muerto y mujer muerta, ambos ancianos, ochenta años como mínimo. Se hallaron sus cuerpos en la cama, en el piso de abajo. La mujer pudo morir mientras dormía, de una cuchillada que va desde el hombro izquierdo, a través del pecho, hasta la cadera derecha. El hombre intentó defenderse con un martillo, pero le cortaron el brazo, la garganta abierta de lado a lado. Lo extraño es que los cuerpos están atados. Da la impresión de que el hombre aún vivía cuando lo amarraron, mientras que la mujer ya había muerto. Como es lógico, no tengo ninguna prueba de ello, es tan sólo una intuición. Niño muerto en un pequeño dormitorio. Es posible que estuviese dormido cuando lo mataron.

Casa número tres: Mujer sola. Muerta en el suelo de la cocina. Un perro de raza indefinida acuchillado junto a ella. La columna de la mujer parece rota por varios sitios.



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