– ¿Has llamado a alguna?

– He preferido esperar. Quien haya hecho esto puede seguir aquí.

– Sí, has hecho bien.

Le hizo un gesto a Ytterström para que se acercase. El colega arrojó la taza de papel a la nieve.

– Vamos a entrar -dijo Sundberg-. Aquí tiene que haber alguien. Esto no es un pueblo desierto.

– Pues no ha aparecido un alma.

Vivi Sundberg volvió a observar las casas, los jardines cubiertos de nieve, la carretera. Sacó la pistola y empezó a caminar en dirección a la casa más cercana. Los demás la seguían de cerca. Eran las once y unos minutos.

Lo que sucedió después llegaría a formar parte de los anales judiciales suecos, pues el espectáculo que se presentó ante los tres policías no tenía precedentes en la historia criminal del país. Fueron de casa en casa, empuñando las armas. Y no hallaron más que personas muertas. Gatos y perros acuchillados, incluso un papagayo al que le habían cortado la cabeza. En total diecinueve personas muertas, todas mayores, salvo un niño de unos doce años. Algunos habían sido asesinados en sus lechos mientras dormían, otros yacían en el suelo o estaban sentados en una silla, ante la mesa de la cocina. Una anciana había muerto mientras se peinaba, un hombre aparecía tendido en el suelo, junto al café derramado de la cafetera. En una de las casas encontraron a dos personas atadas la una a la otra. Todos habían sufrido la misma violencia desmedida. Era como si un huracán sangriento hubiese arrasado los hogares de aquellos ancianos, poco antes de que se levantaran. Puesto que la gente mayor que vivía en el campo solía madrugar mucho, Vivi supuso que los asesinatos se habían cometido después del anochecer o de madrugada, muy temprano.

Vivi Sundberg tuvo la sensación de que la cabeza se le inundaba de sangre. Pese a que temblaba de indignación, supo mantener una fría calma. Era como si estuviese observando aquellos cuerpos muertos y mutilados a través de unos prismáticos, lo que le ayudaba a no sentirlos demasiado cerca.



15 из 510