– ¿Estás solo en casa?

– Está mi mujer -respondió el hombre con voz trémula.

– ¿Nadie más?

– No. ¿Ha ocurrido algo?

Vivi Sundberg se guardó el arma y les hizo una seña a los demás para que la imitaran.

– Vamos a entrar -le dijo al hombre medio desnudo, que no dejaba de tiritar del frío que le llegaba de la calle-. ¿Cómo te llamas?

– Tom.

– ¿Qué más?

– Hansson.

– Bien, pues vamos a entrar, Tom Hansson, así dejarás de pasar frío.

En el interior de la casa la música estaba muy alta. A Vivi Sundberg le dio la impresión de que había altavoces ocultos en todas las habitaciones. Siguió al hombre a través de una sala de estar en total desorden, donde vio a una mujer en camisón, acurrucada en el sofá. El hombre bajó la música y se puso un par de pantalones que había en una silla. Tom Hansson y la mujer del sofá parecían algo mayores que Vivi Sundberg, rondarían los sesenta.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó la mujer asustada.

Vivi Sundberg se percató enseguida de su acento tan típico de Estocolmo. Probablemente se habrían mudado hasta allí en aquella época en que los jóvenes de la capital se trasladaban a vivir en el campo con el propósito de llevar una vida sencilla. Vivi decidió ir al grano. El tremendo descubrimiento que acababan de hacer ella y sus colegas la inducía a pensar que aquello era muy urgente. No había razón alguna para no suponer que la persona o personas que habían llevado a cabo aquella macabra matanza bien podían estar a punto de cometer otra similar.

– Parte de vuestros vecinos están muertos -reveló Vivi Sundberg-. Esta noche han sucedido en el pueblo cosas terribles. Es importante que respondáis a nuestras preguntas. ¿Cómo te llamas tú?



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