
– Ninni -contestó la mujer del sofá-. ¿Herman y Hilda están muertos?
– ¿Dónde viven?
– En la casa de la izquierda.
Vivi Sundberg asintió.
– Sí, por desgracia, están muertos. Han sido asesinados, pero no sólo ellos. Parece que muchos de los habitantes de este pueblo han muerto asesinados.
– Si se trata de una broma, no tiene ninguna gracia -observó Tom Hansson.
Vivi Sundberg perdió el control por un instante.
– No puedo perder tiempo, necesito que respondáis a algunas preguntas. Comprendo que os parezca incomprensible lo que digo, pero, aun así, es cierto. Es horrible y cierto. ¿Cómo habéis pasado la noche? ¿Habéis oído algo?
El hombre se había sentado en el sofá, junto a la mujer.
– No, estábamos durmiendo.
– ¿Y no oísteis nada?
Ambos negaron con un gesto.
– ¿Ni siquiera os habéis dado cuenta de que el pueblo estaba lleno de policías?
– Cuando ponemos la música muy alta, no oímos nada.
– ¿Cuándo fue la última vez que visteis a vuestros vecinos?
– Si te refieres a Herman y Hilda, los vimos ayer -intervino Ninni-. Solemos vernos cuando salimos a pasear a los perros.
– ¿Vosotros tenéis perro?
Tom Hansson asintió y señaló la puerta de la cocina.
– Es bastante viejo y muy perezoso. Ni siquiera se levanta cuando viene visita.
– ¿No ladró anoche?
– Nunca lo hace.
– ¿A qué hora visteis a los vecinos?
– Ayer, sobre las tres de la tarde, pero sólo a Hilda.
– ¿Todo estaba como de costumbre?
– Le dolía la espalda. Herman estaría en la cocina, haciendo crucigramas. A él no lo vi.
– ¿Y qué me dices de los demás habitantes del pueblo?
– Todo era normal. En este pueblo no hay más que ancianos y suelen quedarse en casa cuando hace frío. En primavera y en verano nos vemos más.
