– ¿No hay niños en el pueblo?

– Ninguno.

Vivi Sundberg guardó silencio, pensaba en el niño asesinado.

– ¿Es verdad lo que dices? -preguntó la mujer.

Vivi percibió miedo en su voz.

– Sí -respondió-. Lo que os he contado es verdad. Es posible que todos los habitantes del pueblo estén muertos, a excepción de vosotros.

Erik Huddén se hallaba junto a la ventana.

– No, quizá no -dijo muy despacio.

– ¿Qué quieres decir?

– Que no todos están muertos. Ahí fuera hay alguien.

Vivi Sundberg se apresuró a acercarse a la ventana. Y entonces vio lo que había captado la atención de Erik Huddén.

Había una mujer en la carretera. Era vieja, vestía un albornoz y llevaba unas botas negras de goma. Tenía las manos entrelazadas, como si estuviese rezando.

Vivi Sundberg contuvo la respiración. La mujer no se movía.

3

Tom Hansson se acercó a la ventana y se colocó al lado de Vivi Sundberg.

– Ah, es Julia -explicó-. A veces nos la encontramos fuera sin abrigo. Hilda y Herman suelen echarle un ojo cuando no está aquí la asistente.

– ¿Dónde vive? -quiso saber Vivi.

Tom señaló la penúltima casa del pueblo.

– Llevamos aquí casi veinte años -prosiguió-. La idea era que viniesen más. Al final, nosotros fuimos los únicos. Cuando llegamos, Julia estaba casada. Su marido se llamaba Rune y era conductor de vehículos y maquinaria para el trabajo en el bosque. Un día se le reventó una arteria. Murió en la cabina del vehículo. A partir de entonces, Julia empezó a comportarse de forma extraña. Una persona indignada con la injusticia pero que no lo demostraba, llevaba los puños cerrados, pero metidos en los bolsillos, no sé si me explico. Y luego se volvió senil. Somos de la opinión de que debe poder morir aquí. Tiene dos hijos que vienen a verla una vez al año. Sólo piensan en heredar y no se preocupan mucho de ella, la verdad.



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