Un matrimonio que pasaba allí el invierno desde el día en que huyeron de Estocolmo y una mujer senil que salía a la carretera en camisón.

No obstante, se dijo, ahí se le ofrecía un punto de partida. No todos los habitantes del pueblo estaban muertos. Tres personas se habían librado. ¿Por qué? ¿Se trataba de un hecho fortuito o tendría algún significado?

Vivi Sundberg aguardó así, sin moverse, unos minutos más. A través de una ventana vio que los técnicos criminalistas de Gävle ya habían llegado, acompañados por una mujer, que supuso sería la forense. Respiró hondo. Era ella la que tenía el mando y, por más que aquel caso suscitaría un enorme interés no sólo en el país, sino fuera de sus fronteras, debía asumir su responsabilidad. Pese a todo, tenía decidido solicitar apoyo de Estocolmo aquel mismo día. Hubo un tiempo, cuando era joven, en que soñaba con trabajar en el grupo de homicidios de la capital, que tenía fama de llevar a cabo brillantes investigaciones de asesinato perfectamente organizadas. Ahora, en cambio, deseaba más bien que dicho grupo acudiese a relevarla.

Vivi Sundberg empezó por hacer una llamada desde su móvil. Tardaron en responder.

– Sten Robertsson.

– Soy Vivi. ¿Estás ocupado?

– Puesto que soy fiscal, siempre lo estoy. Dime, ¿qué quieres?

– Estoy en un pueblo llamado Hesjövallen. ¿Sabes dónde se encuentra? Junto a Sörforsa.

– A ver, tengo un mapa en la pared… ¿Qué ha pasado?

– Mira a ver si lo encuentras primero.

– Pues tendrás que esperar -advirtió dejando el auricular sobre la mesa.

Vivi Sundberg se preguntó cómo reaccionaría. «Ninguno de nosotros ha vivido antes una situación similar», se dijo. «Ni un solo policía de este país y seguro que muy pocos de otros países. Siempre pensamos que los casos a los que nos enfrentamos no pueden ser peores, pero los límites se desplazan día tras día. Hoy estamos aquí. ¿Dónde estaremos mañana, o dentro de un año?



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