
Robertsson volvió al teléfono.
– Bien, ya he localizado el lugar. ¿No es un pueblo deshabitado?
– No exactamente, pero lo será pronto, aunque no a causa del éxodo.
– ¿Qué quieres decir?
Vivi Sundberg le contó, con tanto detalle como le fue posible, lo que había acontecido. Robertsson la escuchó sin interrumpirla. Vivi lo oía respirar.
– ¿Y quieres que me lo crea? -preguntó Robertsson una vez que Vivi hubo terminado.
– Pues sí.
– Parece incomprensible.
– Es incomprensible. Se trata de un caso de tales proporciones que tú, como fiscal, no sólo tendrás que tomar cartas en el asunto como jefe de la investigación previa. Además, quiero que vengas, debes ver con tus propios ojos lo que tengo ante mí.
– Me pongo en marcha enseguida. Dime, ¿hay algún sospechoso?
– Ninguno.
A Sten Robertsson le dio un ataque de tos. En una ocasión le había confiado a Vivi Sundberg que padecía EPOC, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, tras haber sido fumador habitual hasta que lo dejó el día de su quincuagésimo cumpleaños. Robertsson y ella no sólo tenían la misma edad, sino que además cumplían años el mismo día, el 12 de marzo.
Dieron por concluida la conversación, pero Vivi Sundberg se quedó de pie, dudando, y no salió de la casa. Tenía que hacer otra llamada ahora, pues, de lo contrario, no sabía cuándo se le presentaría otra ocasión.
Marcó el número.
– Peluquería Elin, ¿dígame?
– Soy yo. ¿Dispones de tiempo?
– No mucho, tengo a dos señoras en los secadores. ¿Qué pasa?
– Estoy en un pueblo a bastantes kilómetros de la ciudad. Ha ocurrido algo horrible. Y será un escándalo. No tendré mucho tiempo.
