– Ahora no -le gritó Vivi Sundberg-. Tendrás que esperar.

– ¿No hay nada que puedas adelantarme, Vivi? Tú no sueles ser implacable…

– Pues esta vez sí.

A Vivi no le gustaba aquel periodista, que trabajaba para Hudiksvalls Tidning. Tenía la costumbre de escribir artículos tendenciosos sobre el trabajo de la policía. Y lo que más le molestaba de él era, probablemente, que solía tener razón en sus críticas.

Robertsson tenía frío, pues llevaba una cazadora demasiado ligera. «Es un poco vanidoso», concluyó Vivi. «Ni siquiera lleva gorro, por miedo a que sea verdad eso que dicen de que se pierde antes el pelo.»

– Veamos, cuéntame -la animó Robertsson.

– No. Mejor ven conmigo.

Por tercera vez aquella mañana, Vivi Sundberg recorrió casa por casa. En dos ocasiones, Robertsson se vio obligado a salir a la calle rápidamente, pues estuvo a punto de vomitar. Ella lo aguardó paciente. Era importante que Robertsson comprendiera con exactitud qué clase de investigación iba a dirigir. Vivi no estaba segura de que pudiese con ella. Sin embargo, era consciente de que, de los fiscales disponibles, él era el más adecuado. A no ser que una instancia superior decidiera nombrar a otro con más experiencia.

Cuando terminaron y volvieron a la carretera, Vivi propuso que se sentaran en su coche. Le había dado tiempo de prepararse un termo de café antes de salir de la comisaría.

Robertsson estaba impresionado y le temblaba la mano con la que sostenía la taza de café.

– ¿Habías visto tú antes algo similar? -le preguntó a Vivi.

– Ninguno de nosotros.

– ¿Quién puede haber hecho algo así, aparte de un loco?

– No lo sabemos. Ahora lo que tenemos que hacer es localizar huellas y trabajar sin ideas preconcebidas. Les he pedido a los técnicos que soliciten más recursos si lo consideran justificado. Y lo mismo le he dicho a la forense.



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