Había diez casas en total, la mayoría de color rojo, alguna con un porche añadido. Tan sólo una casa de reciente construcción, por llamarlo de alguna manera, pues se trataba de una propiedad de los años cincuenta. Cuando llegó a la verja, se detuvo y sacó la cámara. Un cartel anunciaba que allí vivía la familia Andrén. Sacó algunas fotos, cambió el diafragma y el tiempo de exposición, buscó distintos ángulos. El cielo aún está demasiado gris, se dijo. Sólo saldrá una imagen borrosa, pero nunca se sabe. Ser fotógrafo supone descubrir, en ocasiones, secretos inesperados.

Karsten Höglin trabajaba a menudo por pura intuición. No porque renunciase a medir y controlar la luz cuando era necesario. Pero a veces había alcanzado resultados sorprendentes precisamente por no calcular demasiado los tiempos de exposición. La improvisación formaba parte del trabajo. En cierta ocasión, en Oskarshamn, vio un barco de vela varado en el fondeadero con las velas desplegadas. Era un día claro y de sol radiante. En el momento en que iba a tomar la fotografía tuvo la idea de empañar el objetivo. Cuando la reveló, vio que representaba un buque fantasma que hendía la bruma al navegar. Por aquella foto ganó un buen premio.

Jamás olvidaba la bruma.

La puerta de la verja se resistía y tuvo que empujar con fuerza para abrirla. En la nieve recién caída no había huellas de pisadas. Seguía sin oírse nada, ni siquiera un perro, pensó. Es como si todos se hubiesen marchado de repente. Esto no es un pueblo, es un holandés errante.

Subió la escalinata y llamó a la puerta, esperó y volvió a llamar. Ni perro, ni los maullidos de un gato, nada. Empezó a dudar. Allí pasaba algo raro, no cabía duda. Volvió a llamar, con más fuerza y más veces, antes de tantear la manija. Estaba cerrada con llave. La gente mayor es asustadiza, constató. Echan la llave, temen que lo que leen en los periódicos les suceda a ellos.



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