Aporreó la puerta, pero nadie contestó. Entonces concluyó que la casa debía de estar vacía.

Volvió a salir por la puerta de la verja y continuó hasta la casa vecina. Había empezado a clarear. Era una casa amarilla. La masilla de las ventanas estaba en mal estado y en su interior debía de colarse la corriente. Antes de llamar comprobó la manija, también en este caso estaba la casa cerrada. Golpeó la puerta con fuerza y empezó a aporrearla antes de esperar siquiera una respuesta. Sin embargo, tampoco allí parecía haber nadie.

Una vez más, decidió que lo mejor sería dejarlo. Si emprendía el regreso ahora, estaría en Piteå, donde vivía, a primera hora de la tarde. Magda, su mujer, se alegraría. Ella lo consideraba demasiado mayor para tanto viaje, pese a que aún no había cumplido los sesenta y tres. Sin embargo, había manifestado vagos indicios de una angina de pecho. El médico le había recomendado que cuidara lo que comía y que intentase moverse lo más posible.

Pese a ello, no volvió a Piteå, sino que se encaminó a la parte posterior de la casa y tanteó una puerta que parecía conducir al lavadero situado a espaldas de la cocina. También estaba cerrado con llave. Se acercó a la ventana más próxima, se puso de puntillas y miró adentro. A través de una abertura de las cortinas vio el interior de una habitación donde había un televisor. Siguió hasta la ventana contigua, que pertenecía a la misma habitación y seguía viendo el televisor. Jesús es tu mejor amigo, se leía en un tapiz que adornaba la pared, y ya estaba a punto de continuar hasta la siguiente ventana, cuando algo captó su atención. Había un objeto en el suelo. En un primer momento creyó que se trataba de un ovillo de lana, pero después se dio cuenta de que era un calcetín, que estaba puesto en un pie. Se apartó de la ventana con el corazón acelerado. ¿Habría visto bien? ¿Sería aquello de verdad un pie? Volvió a la primera ventana, pero desde allí no podía ver esa parte de la habitación. Así que regresó a la otra ventana. Estaba seguro. Aquello era un pie. Un pie inmóvil. Ignoraba si pertenecía a un hombre o a una mujer. Podría ser que el dueño del pie estuviese sentado en una silla, pero también que estuviese tumbado.



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