Empujada al doctor por la preocupación ajena, pero segura de que mi desmayo era muy parecido a cualquiera de esos que en las novelas se resuelven con encontrar las sales, hablé más de un hora con un experto en síncope. Tras revisarme, él acordó con la doctora Sauri, un personaje cuya propensión médica no he podido sacar de mi entrecejo, que me hacía falta descanso y una pastilla encargada de bloquear la adrenalina beta para mantener en orden el ritmo cardiaco. Además, sería bueno saberlo, siempre que sintiera venir la certeza de ir a caerme, tendría que acostarme sin más donde estuviera: la mitad de la calle, un baile, el teatro, la conferencia, los aviones. Al acostarme, el corazón rejego volvería a enviarle sangre a mi cerebro y desaparecería el riesgo de perder la conciencia. No hay duda: todo lo bueno sucede al acostarse.

Con semejante receta y una "vida ordenada" que no pienso llevar, se evitan los desmayos y los sobresaltos, el cansancio injustificado y la propensión a andar por la vida como si el girar del planeta dependiera de nuestras emociones. Así las cosas, llevo un tiempo esperando que la acción de la píldora me cambie la personalidad y, me convierta en la mujer que muchas veces finjo ser: una dama incólume, activa, sonriente, juvenil y perspicaz, en lugar de la señora que se arrastra desde las sábanas hasta los tenis lamentando siempre no haber dormido dos horas más, no tener quince años menos, no estar de humor para responder si sus personajes son simples mujeres inventadas por su delirio o feministas de los años setenta trasladadas a un contexto revolucionario y posrevolucionario mexicano. De momento, para qué presumir, todavía soy la misma, todavía me mareo en las mañanas y me urge una aspirina al mediodía, aún vuelvo de la diaria caminata como si el Everest quedara en Chapultepec, y lloro como quien canta cuando una amiga me cuenta sus pesares. Sin embargo, lejos estoy de haberme muerto. Y celebro la vida, como si hubiera presentido su pérdida. Es una maravilla estar de vuelta.



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