Sé que un célebre historiador y analista político por quien muchos sentimos reverencia me reprocha desde algún sitio en mi memoria que me haga cargo tan bien de la proclividad de los escritores a hablar de sí mismos. Por eso me alegró reencontrar unas frases con las que Borges y su cerebro genial vinieron en mi ayuda. En ellas me amparo esta vez. Dicen así: "Quiero dejar escrita una confesión, que al mismo tiempo será íntima y general, ya que las cosas que le ocurren a un hombre les ocurren a todos".

Pensemos que Borges quiso decir ser humano, que si le hubiera dado por ser políticamente correcto, cosa que bien sabemos le importó un diablo, así hubiera dicho. Permítaseme entonces asumir que también las cosas que le ocurren a una mujer les ocurren a todas. De donde la intimidad de mi privadísimo desmayo, de esa extraña sensación que es perderse la vida por un rato, puede dejar de ser sólo mía, sólo mi muy particular sentir, mi propio miedo, y hacerse acompañar por el miedo de todos a perder este mundo que a ratos se ilumina y a veces tiene fuego en las entrañas, prende los volcanes, pinta de amarillo la luna, tiñe de rojo el mar y nos deslumbra.

Con semejante miedo en la garganta, sé que será más fácil caminar por enero bendiciéndolo. Como hemos de morir alguna tarde, qué bueno es estar vivos ahora en la mañana y soñar con la luna de la semana próxima, con abril y las jacarandas, con julio y su cometa, con la lluvia de agosto y las palabras de Sabines, con octubre y los cincuenta, con diciembre y Cozumel, con el futuro como una invocación, y los años que la vida nos preste como un hechizo sin treguas.



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