EL ABUELO DEL SIGLO

Mi abuelo mexicano tenía siete años cuando empezó el mil novecientos. Murió a los ochenta y cuatro, con la misma paz y la misma alcurnia con que supo conducirse a lo largo del siglo. Le había tocado ver cambiar el mundo con tal rapidez que una parte de su vida y sus emociones dependía del gozo que le daban los descubrimientos sucediéndose como milagros.

Al principio del siglo, los científicos creían que todo lo que podía saberse de física se sabía ya. Sin embargo, en el intento por descifrar una de las escasas y pequeñas incógnitas que le quedaban a tal ciencia, surgieron la teoría de la relatividad y el genio de Einstein como una luz de bengala.

A mi abuelo lo deslumbraba el siglo veinte. Tenía razones. Cuando él era niño no había en Puebla sino carros jalados por caballos y medicina de analgésicos lentos. Para mi abuelo, las aspirinas y los automóviles, ya no se diga los aviones, la televisión y los tocadiscos de alta fidelidad, eran lujos que gozaba, en lugar de un asunto del demonio, como lo vieron por la época tantos otros viejos. Quizá por eso, el siglo pasó por él manteniendo su espíritu inquieto y su confianza en los humanos tan brillantes como en su primera juventud.

No tenía miedo: ni a los cambios, ni al elocuente futuro, ni al soberbio pasado. Con su misma pasión por los descubrimientos, la imaginería de los seres humanos, la precisa destreza de sus palabras quisiera yo envejecer como quien se hace joven.

Cuando apareció la primera máquina de escribir eléctrica, mi abuelo fue a comprarla como si se hubiera propuesto ser novelista. Y cuando supo que habían llegado al mercado las televisiones a color, fue por una y el domingo se bebió la corrida de toros, luminosa y vehemente como debía estarse viendo desde la barrera de la Plaza México ese diciembre.

Nunca se preguntó si había congruencia entre su arrebato por los hallazgos de la modernidad y su entrega a la ancestral locura de matar toros entre aplausos.



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