Así fue como mis padres conocieron a los Hsu, los Jong y los St. Clair. Mi madre percibió que las mujeres de estas familias también dejaron atrás tragedias inenarrables, en China, así como esperanzas que ni siquiera sabían empezar a expresar en su frágil inglés; o, por lo menos, mi madre reconoció el aturdimiento en el semblante de aquellas mujeres y vio con qué rapidez se movían los ojos cuando ella les explicaba su idea del Club de la Buena Estrella.

Mi madre atesoraba la idea de ese club desde la época de su primer matrimonio en Kweilin, antes de que llegaran los japoneses, y por ello considero el club como su historia de Kweilin, la historia que siempre me contaba cuando estaba aburrida, cuando no tenía nada que hacer, cuando había fregado todos los cuencas y restregado dos veces la mesa de formica, cuando mi padre se dedicaba a leer el periódico y fumar un Pall Mall tras advertimos que no le molestáramos. En esas ocasiones mi madre sacaba una caja de viejos suéteres de esquiar, enviados por unos parientes de Vancouver a quienes nunca habíamos visto. Cortaba de un tijeretazo el borde de un suéter y extraía un crespo cabo de hilo, que ataba a un trozo de cartón, y mientras empezaba a enrollar rítmicamente la lana, me contaba su historia. En el transcurso de los años me contó siempre la misma historia, con excepción del final, cada vez más oscuro, que arrojaba largas sombras sobre su vida y, finalmente, también sobre la mía.


***

– Soñaba con Kweilin antes de haberla visto -empezaba a contar mi madre, hablando en chino-. Soñaba con los picos recortados que se alzaban a lo largo de un río curvilíneo, sus orillas cubiertas de un mágico musgo verde. Las cumbres de aquellos picos estaban envueltas en blancas brumas, y si fueras capaz de deslizarte por aquel río y alimentarte con el musgo, serías lo bastante fuerte para escalar la cima. Si resbalaras, caerías en un mullido lecho de musgo y te echarías a reír. Y una vez llegaras a la cima, podrías verlo todo y sentirías tal felicidad que te bastaría para no volver a preocuparte en toda tu vida.



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