
Una semana antes de morir me llamó, llena de orgullo y de vida:
– Tía Lin ha hecho sopa de habichuelas rojas para el club. Yo vaya preparar sopa negra de semillas de sésamo. -No te pavonees -le dije.
– Claro que no.
Me explicó que las dos sopas eran casi lo mismo, chabudwo, o quizá dijo butong, lo cual significaría que no eran lo mismo en absoluto. Se trataba de una de esas expresiones chinas con las que se indica la mejor parte de unas intenciones confusas. Nunca puedo recordar cosas que no he comprendido de entrada.
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En 1949, dos años antes de que yo naciera, mi madre creó en San Francisco una versión del Club de la Buena Estrella. Fue el año en que mis padres abandonaron China con un baúl de cuero rígido que sólo contenía lujosos vestidos de seda. Una vez a bordo del barco, mi madre explicó a mi padre que no había tenido tiempo de recoger nada más. Aun así, él siguió hurgando entre la seda resbaladiza, en busca de sus camisas de algodón y sus pantalones de lana.
Cuando llegaron a San Francisco, mi padre la obligó a esconder aquellas ropas chillonas, y ella llevó el mismo vestido chino a cuadros marrones hasta que la Sociedad de Acogida a los Refugiados le regaló dos vestidos de segunda mano, demasiado grandes incluso para las mujeres norteamericanas. La sociedad estaba formada por un grupo de ancianas misioneras pertenecientes a la Primera Iglesia Bautista China y, debido a sus regalos, mis padres no pudieron rechazar su invitación para que se afilias en a la iglesia, como tampoco pudieron hacer caso omiso del consejo práctico que les dieron aquellas señoras, a saber, que mejorasen su inglés mediante la clase de estudios bíblicos los miércoles y, más adelante, gracias a sus prácticas en el coro los sábados por la mañana.
