»Tras llenamos el estómago, llenábamos un cuenco con dinero y lo colocábamos a la vista de todas. Entonces nos sentábamos a la mesa de mah jong. Mi mesa era un recuerdo de familia, de una madera roja muy fragante, no esa que vosotros llamáis palisandro, sino hong mu, tan fina que no existe ninguna palabra inglesa para nombrarla. La cubría una almohadilla muy gruesa, de modo que cuando arrojábamos los pai sobre la mesa no había más sonido que el de las fichas de marfil al rozarse.

»Una vez empezábamos a jugar, nadie podía hablar, excepto para decir «Pung! o «Chr!» al coger una ficha. Teníamos que jugar con seriedad y no pensar en nada salvo en aumentar nuestra felicidad ganando la partida. Pero al cabo de dieciséis jugadas nos dábamos otro festín, esta vez para celebrar nuestra buena suerte, y entonces hablábamos hasta el amanecer, contando historias sobre los buenos tiempos pasados y los que aún estaban por llegar.

»¡Ah, qué buenos eran aquellos relatos que se sucedían interrupción! Nos desternillábamos de risa. ¡Un gallo que entró despavorido en la casa y se puso a chillar sobre los cuencos de la comida, los mismos cuencos que al día siguiente lo contendrían silencioso y troceado! Y aquella historia de la muchacha que escribía cartas de amor para dos amigas que amaban al mismo hombre, y la tonta señora extranjera que se desmayó en un lavabo cuando estallaron unos petardos cerca de ella.

»La gente pensaba que hacíamos mal al celebrar banquetes todas las semanas, cuando tanta gente en la ciudad se moría de hambre, comía ratas y, más adelante, la basura con que se alimentaban las ratas más míseras. Otros creían que estábamos poseídas por los demonios… Sólo así se explicaba que tuviéramos ganas de fiestas cuando habíamos perdido miembros de nuestras familias, hogares y fortunas, cuando estábamos separados, el marido de la esposa, el hermano de la hermana, la hija de su madre. La gente torcía el gesto y se preguntaba cómo éramos capaces de reír.



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