»No es que fuéramos unas desalmadas insensibles al dolor. Todas estábamos atemorizadas, todas teníamos que sobrellevar nuestras desgracias, pero desesperar era tanto como desear algo que ya estaba perdido o prolongar lo que era ya de por sí insoportable. ¿Con qué fuerza puedes desear tu cálido abrigo preferido que colgaba en el armario de una casa que se quemó con tus padres dentro? ¿Hasta cuándo pueden imponerse en tu mente las imágenes de brazos y piernas pendientes de cables telefónicos, de perros hambrientos que corren por las calles con manos medio devoradas colgando de sus bocas? ¿Qué era peor, nos preguntábamos entre nosotras, sentamos y esperar la muerte con el rostro apropiadamente sombrío, o buscar una manera de ser felices a pesar de todo?

»Así pues, decidimos celebrar las fiestas, como si cada semana llegara el año nuevo. Cada semana podríamos olvidar el daño que nos causaron en el pasado. No nos permitíamos albergar un solo pensamiento negativo. Comíamos, reíamos, jugábamos, perdíamos y ganábamos, contábamos las mejores historias. Y cada semana podíamos confiar en que nos sonriera nuestra buena estrella. Esa esperanza era nuestra única alegría. Y por eso dimos a nuestras reuniones el nombre de "Club de la Buena Estrella".

Mi madre solía concluir su relato con una nota alegre, jactándose de su habilidad en el juego:

– Ganaba muchas veces y era tan afortunada que las demás me decían en broma que un ladrón muy listo me había enseñado los trucos. Gané decenas de millares de yuan, pero no me hice rica. No, por entonces el papel moneda no valía nada. Incluso el papel higiénico tenía más valor, yeso nos hacía reír aún más, al pensar que un billete de mil yuan no era lo bastante bueno ni siquiera para limpiamos el trasero.



9 из 285