
A estas alturas debería estar mejor informada pero, francamente, no sabría decir si se entera. Siempre que puede, sigue restregándome ese trasnochado movimiento Mexica de la década de los setenta, el de «moreno y orgulloso», y el lema de la costa Este de «Que viva la raza». Y cuando no me da la paliza a mí, se la da a Rebecca. Rebecca es su causa. Amber es un caso. Ya verás.
A veces te ponen un quinto plato en El Caballito, uno lleno de algo que los latinos caribeños llamamos «ensalada», es decir, un par de trozos de aguacate, cebolla cruda y tomate, aliñados con sal, aceite y vinagre. Hay un motivo por el que, amigas mías, todas las señoras puertorriqueñas y cubanas que ves por la calle son tan anchas como un maldito autobús. Hay una razón por la que los cubanos de Union City agitan en el aire dedos gordos como salchichas cuando hablan de política. A los cubanos y puertorriqueños no les gusta la ensalada, pero les encanta la fritanga, sobre todo si es de carne, de una que alguna vez haya hecho link-oink. La gente de aquellas islas, aisladas, podrías pensar, durante decenas de miles de años, parecen creer que la carne de cerdo te hace fuerte y es saludable. Hace un tiempo fui a Cuba para conocer a mis parientes, que sacrificaron en mi honor un huesudo cerdito de triste mirada, y al ver mi cara de pasmo, no cesaban de preguntarme qué me pasaba. «¿No comes carne? ¡Te vas a morir de lo flaquita que estás!»
Papi siempre dice que jamás se acostumbrará al concepto americano de la ensalada llena de «hojas» y «tan endemoniadamente complicada». Todavía hierve una lata de leche condensada para desayunar y devora esa empalagosa pasta a cucharadas, a pesar de tener la boca llena de caries. La familia de mi mamá, amiga mía, es más de huevosconpan (todo en una palabra y siempre junto), con pan blanco, Coca (el refresco o la droga, no hacen distinciones) y un cigarro de mentol de guarnición. Está bien, de acuerdo. Voy a dejar de hablar de papi. Mi psicoanalista estaría orgullosa de mí. Cubadectomía.
