
Esta noche hemos cedido a Usnavys el privilegio de escoger el sitio para celebrar la cena de aniversario, ya que fue ella quien bautizó a nuestro grupo. Fiel a su necesidad de volver a sus orígenes y demostrar que ha llegado más lejos y mejor de lo que cualquiera haya podido o querido aspirar jamás, escogió El Caballito. El propietario es un cubano canoso de sonrisa cálida que, te lo juro, es idéntico -pero idéntico, ¿eh?- a papi. Eso significa que mide un metro cincuenta y cinco, que es tan pálido que se le ven las venas en sus arqueadas piernas, que es calvo, y que tiene una nariz que recuerda a un personaje de «Barrio Sésamo». Cada vez que veo a ese fulano me invade la deprimente sensación de que soy el producto de siglos de entusiasta endogamia tropical.
De todas formas, a Usnavys -la mires desde donde la mires no es precisamente una sílfide- también le gusta El Caballito porque cada menú incluye, y no miento, montañas de comida en cuatro enormes platos de plástico. Uno con carne o pescado; otro rebosante de arroz blanco; frijoles negros o rojos en salsa en el tercero, y además, un plato de plátanos fritos grasientos de los llamados «maduros», que son maduros, blanditos y muy dulces, o de los «tostones», que se usan verdes, se cortan en rodajas y se fríen, para aplastarlos después, freírlos de nuevo y rehogarlos con ajo.
Plátanos refritos, si quieres.
Así es como tuvimos que explicárselo a Amber, porque ella cree que todas las latinas son como ella. Y que todas comemos lo que comía ella de pequeña en Oceanside, California. Piensa que todas mataríamos por el menuda, una sopa que preparan «a propósito» con tripas unas señoras mexicanas bajitas que enjuagan restos de excremento de los intestinos de un cerdo en el fregadero de la cocina. Ay, no. Lo siento. Eso no es para mí. Realmente piensa que la cocina mexicana de California tiene aceptación universal entre las latinas, así que los únicos plátanos que había visto en su vida antes de llegar a Boston eran los que su mamá compraba en Albertson's y le troceaba en los cereales antes de llevarla en la furgoneta a ensayar con la banda de música.
