Cuando finalmente levanto la vista, uno de los jóvenes está mirándome de arriba abajo. ¿Qué le pasa? ¿No ve lo vulgar que soy? Vuelvo la vista hacia los coches que circulan lentamente entre la nieve por Centre Street. Los copos centellean bajo el resplandor de la luz amarilla de los faros. Otra tarde deprimente en Boston. Odio noviembre. Esta tarde ha anochecido como a las cuatro, y desde entonces está escupiendo hielo. Mis incontrolables suspiros empañan la ventana, como si las paredes forradas de madera y el zumbido de la vieja nevera de la esquina no me deprimieran lo suficiente. Aquí dentro hace calor. Y hay humedad. Huele a colonia barata de hombre y a carne de cerdo frita. En la cocina alguien desafina cantando salsa al compás de golpes de vajilla. Me esfuerzo por entender la letra, esperando que concuerde con el alegre ritmo y me saque de esta melancolía. Cuando me doy cuenta de que trata sobre un amor tan torcido que el tipo quiere matarse o matar a su amante, dejo de intentarlo. Como si necesitara que me lo recordaran.

Termino de un trago la botella de cerveza Presidente calentorra y eructo silenciosamente. Estoy tan cansada que me siento el pulso en los ojos. Cada vez que parpadeo noto cómo arden bajo la sequedad de las lentillas. Anoche no dormí, ni la noche anterior, y estaba demasiado cansada como para quitarme las lentillas. También me olvidé de dar de comer a la gata. Ups. Está gorda; sobrevivirá. Es por Ed, claro. Cuando pienso en él se me acelera el corazón y me laten las sienes. Puedes adivinar en qué fase de mis condenadas relaciones estoy por el estado de mis uñas. Uñas cuidadas: relación descuidada, guardando las apariencias. Uñas descuidadas: una Lauren feliz que se deja llevar. También lo puedes deducir por lo gorda que esté. Cuando estoy feliz, controlo la comida y me mantengo alrededor de una talla cuarenta. Cuando estoy triste, vomito como un emperador romano y me encojo hasta la treinta y seis.



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