Esta noche, los pantalones Bebe color lavanda de la treinta y ocho, bajos de cadera, me quedan holgados. Si me muevo en el asiento noto que sobra espacio dentro de ellos, me rozan. Ed, el texicano cabezón, escribe discursos (léase: mentiroso profesional) para el alcalde de Nueva York. También es mi novio a larga distancia. Según su contestador del trabajo (lo escuché, para qué voy a mentir) parece que está liado con una tal Lola. No es broma. Lola.

¿Qué pasa? ¿Dónde está esa camarera? Necesito otra cerveza.

Te diré lo que pasa. Una vez más, el universo demuestra cuánto me odia. En serio. He tenido una vida de mierda, una infancia de mierda, todo lo que puedo imaginar es una mierda, y ahora que he logrado que mi vida profesional no sea una mierda, toda la mierda anteriormente mencionada vuelve en forma de tipos guapos y presuntuosos que me tratan -adivina- como auténtica mierda. Yo no los elijo, exactamente. Ellos me encuentran con ese extraño radar que tienen. «Atención, atención, al frente a la derecha chica trágica en la barra, casi bonita, tumbando gin-tonics, lamentándose, acaba de meterse los dedos para vomitar en el cuarto de baño, a follársela. Sí, que se la follen.»

Así que soy una de esas mujeres que registra la cartera y los bolsillos de un hombre y le da la patada si la traiciona. Me encantaría dejar de comportarme así, pero casi siempre encuentro pruebas de sus engaños: la factura de una cena a media luz en un restaurante italiano cuando dijo que estaba viendo jugar a los Cowboys con sus colegas, o un trozo de servilleta de una cafetería con el número de teléfono de la cajera garabateado en tinta azul con la letra bailarina de las mujeres incultas y fáciles. Él siempre me engaña, sea quien sea él. Eso viene dado cuando se ama a un desastre como yo.



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